
En mi último año de estudio me vi obligado a volver a mi ciudad natal, que mas que una ciudad era un pueblucho perdido entre los montes que lo rodeaban como los muros de una prisión. Era un sitio donde el tiempo no pasaba y las calles susurraban a tus espaldas. A pesar de sentir un profundo desprecio por aquel sitio, tenía que reconocer que tenía cierto encanto.
Me despedí de mis abuelos y de mi tío y salí al portal. Era un bloque de nueve pisos, frío, impersonal y austero. No tuve valor de coger el ascensor y bajé los siete pisos por las escaleras. Al salir sentí el golpe del frío y me puse los guantes. La nieve todavía no había caído pero las temperaturas bajas obligaban a todos a vestir pesadas prendas para soportar el día a día. Anduve a través de las calles que despertaban el dolor y la melancolía viendo los fantasmas del pasado. Inspiré hondo y cerré los ojos, no quería llegar a esa profundidad de mí. Pero las caras que veía a mi paso me impedían el camino hacia la calma. Reconocía rostros que antaño eran mis amigos, ninguno de ellos me vio a mí.
Por fin pude llegar hasta el colegio. Era un gran edificio que reunía la primaria con la secundaria, sólido e impenetrable. Mientras bajaba las escaleras hacia la entrada sentí que algo iba mal, algo había cambiado en aquel sitio y que el destino me había obligado a regresar por algún motivo.
Continuará...




